Para quienes desandamos Buenos Aires diariamente es muy difícil identificarnos y disfrutar de esos rincones que se venden como "imperdibles" al visitante extranjero. Sin embargo, resulta un ejercicio enriquecedor colocarse el sombrero de turistas por un día y conocer la experiencia en torno al fuego que propone La Cabaña.
Como un flâneur en la poesía de Baudelaire, que redescubre y se enamora de su ciudad escapando de la monotonía, una noche decidí reencontrarme con los sabores que le dan identidad a esta urbe. Caminé por Corrientes con el Obelisco a mis espaldas y una vez pasado el emblemático Luna Park ya estaba a metros de La Cabaña. Las puertas vidriadas me permitieron descubrir el río al otro lado del salón; mientras que dos réplicas de terneros adelantaban los platos destacados del menú. La parrilla, ese rito tan característico de nuestro país, es la protagonista en este lugar.
Desde la recepción comenzaron a desplegarse detalles de atención que se reiteraron hasta la despedida del restaurante. En los primeros metros pude apreciar una galería de fotos de las celebridades que conocieron el lugar, una barra de madera y una cava vidriada que alberga una extensa carta de vinos.
Unos pasos más adelante descubrí que toda la ambientación está pensada para desconectarse del bullicio de las avenidas y de la jornada de trabajo que acababa de terminar: un mobiliario de madera maciza que luce sin manteles, lámparas de hierro fabricadas en los años 40, flores y artesanías en plata conformaban el salón principal.
La cristalería y la vajilla, sobrias y elegantes, son muy distintas a las presentaciones que suelen acompañar los platos de parrilla. Y el mismo criterio guía a los platos de entrada: sabores regionales, como empanadas y humita, en forma y diseños originales.
Previa sugerencia por parte de los mozos sobre qué varietales acompañan mejor cada corte de carne, llegó el momento de saborear la parrilla. En mi caso me incliné por el bife de lomo, aunque las demás opciones no eran menos tentadoras: bife de chorizo, de costilla y asado de tira.
El detalle distintivo en La Cabaña lo constituyen sus cinco cortes de carne Kobe. Se trata de piezas suaves, jugosas y tiernas que pocos restaurantes de Buenos Aires ofrecen. Esta materia prima es una de las más apreciadas por los gourmet de todo el orbe. Los animales, antes de ser sacrificados, reciben diversos cuidados entre los que se incluyen masajes, que hacen a una carne más tierna, y una dieta específica para equilibrar el porcentaje de grasa.
Hacia el final de la cena la sección de los dulces también rescata las tradiciones nacionales: queso y dulce, panqueques con dulce de leche o manzanas, flan y tartas tibias. Mención aparte para el mix de recetas a base de chocolate presentadas en diferentes texturas.
Así llegó a su fin esta experiencia que giró, en primer lugar, en torno a la gastronomía, pero que a la vez me permitió conectarme con la identidad y la cultura argentinas.
FUENTE: la-cabana-un-icono-de-la-identidad-portena
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