Las Islas Baleares se han consolidado como un destino turístico de renombre internacional, pero este crecimiento ha transformado notablemente el sector inmobiliario local. La expansión de los pisos turísticos en el archipiélago ha alcanzado cifras sin precedentes, triplicando la media nacional y situando a la región como la segunda en concentración de este tipo de alojamientos, solo superada por Canarias.
Terraza de un piso turístico en Mallorca (Baleares)
Datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que el 3,84% del parque inmobiliario balear está destinado al alquiler turístico, frente a la media nacional del 1,2%. Esto equivale a más de 140.000 plazas disponibles para turistas, superando ampliamente la oferta hotelera convencional.
El fenómeno es especialmente pronunciado en municipios costeros y de alto interés turístico. Pollença encabeza la lista con un 19,82% de viviendas dedicadas al alquiler turístico, seguido por Búger (17,57%), Fornalutx (12,69%), Alcúdia (13,45%) y Ariany (14,48%).
Este escenario deja a Baleares con grandes retos: por un lado, el auge del alquiler turístico ha dinamizado la economía local, creando empleo y diversificando la oferta de alojamiento. Pero también ha generado preocupaciones entre los residentes, quienes temen por el aumento del precio de la vivienda, la masificación turística y la posible pérdida de identidad cultural.
Los pisos turísticos generan ya el 4% del PIB de Baleares
Es evidente que el alquiler turístico se ha convertido en una importante fuente de ingresos para muchos propietarios en las Baleares. Además, plataformas como Airbnb han facilitado la gestión y promoción de estos alojamientos, atrayendo a turistas que buscan experiencias más personalizadas en comparación con los hoteles tradicionales.
De hecho, un estudio de la Universidad de las Islas Baleares estima que el alquiler turístico genera aproximadamente 2.000 millones de euros anuales, representando un 4% del PIB regional y creando más de 30.000 empleos directos e indirectos.
Pero, el crecimiento de esos pisos turísticos supone una enorme inquietud política y social. La demanda ha elevado los precios de los alquileres a largo plazo, dificultando el acceso a la vivienda para los residentes locales. Además, la concentración de pisos turísticos en ciertas áreas puede llevar a la masificación, afectando la calidad de vida de los habitantes y alterando la identidad cultural de los barrios. ¿Pondrán las administraciones un “tope” a este auge?.
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